La farsa y la tragedia

Apuntes sobre el teatro de Florian Zeller

Oscar Brox | jun 01, 2026

Florian Zeller es uno de los dramaturgos de moda. Miembro de la Academia Francesa, su teatro ha sido traducido a diferentes idiomas y representado en otros tantos países. Por si fuera poco, él mismo se ha encargado de adaptarlo al cine en dos ocasiones: El padre, en 2020, y El hijo en 2022. Uno de los denominadores comunes de su obra es que, en la mayoría de ocasiones, se dedica a retratar los vicios y la mala conciencia de la burguesía; probablemente, tampoco sería descabellado añadir “y para la burguesía”. En la trilogía que acaba de publicar De Conatus, en la traducción de Coto Adánez -figura indispensable para acercar a los lectores las claves del teatro francófilo-, se dan cita madres, padres, hijos e hijas, maridos y esposas y, por lo general, familias en proceso de descomposición. El tono oscila entre la farsa y la tragedia, entre lo grave y lo involuntariamente cómico. Pero Zeller, siempre, introduce una serie de aspectos, de matices y capas, que no solo profundizan dramáticamente en el tema que trata, sino que también consiguen sortear la apreciación moral rápida, el guiño cómplice al lector/espectador.

De su trilogía puede que el texto más interesante sea El hijo, que versa sobre las dificultades que encuentra un hombre de éxito, divorciado y con una nueva familia a su cargo, cuando ha de reconectar con el hijo adolescente de su primer matrimonio. Zeller explica lo justo: Pierre (el padre) vive cómodamente junto a Sofia (su nueva pareja). Anne, su exmujer, tiene problemas para lidiar con las dificultades de Nicolas, el hijo que ambos comparten. Y Nicolas, en plena adolescencia tormentosa, empieza a no saber cómo seguir con la vida. De buenas a primeras, el estilo de Zeller es rápido, cortante. Intercambios breves, frases que se pisan unas a otras. Hay, parece, una urgencia por pasar de escena, por averiguar lo que sucede, por dar nombre a los problemas de sus personajes. Pero esa urgencia nunca se resuelve. Queda instalada permanentemente en el texto, como una mancha que se extiende de una escena a otra.

El hijo se puede leer de varias maneras: como una crítica contra la paternidad contemporánea, demasiado absorbida en sus propios asuntos como para ser capaz de atender los de los hijos; como un diálogo en torno a la depresión y la alienación adolescente, en especial, en ese momento en el que todavía no se tienen los mimbres suficientes como para fraguar una primera visión del mundo, una idea o una dirección que seguir. Ambos son temas importantes, no cabe duda, pero me da la impresión de que no son el fundamento del texto de Zeller. Hay algo más. Cuando se lee con calma su literatura dramática, quizá lo que más destaca es el uso de determinadas figuras y recursos, desde la repetición de escenas a las alucinaciones. Sin embargo, creo que el gesto más fino en esta obra es la dedicación con la que el autor busca la palabra dramática. Es decir, la forma en la que en todo momento nos explica que el drama de Pierre, como el de Anne o el de Nicolas, consiste en no saber encontrar las palabras para expresarse. En no dar con la palabra para armar un relato que va de un personaje a otro, intercalado por momentos de tensión, farsa y, finalmente, tragedia.

Podría entenderse como un giro ciertamente malévolo contra esa burguesía de la que forma parte. Cuando la familia se descompone no a causa de una serie de hechos -un divorcio, la falta de entendimiento, la tentativa de suicido, etc., etc.-, sino porque faltan las palabras, el relato. El verdadero drama. En todo momento flota la sensación de que Nicolas cometerá suicidio, forma parte de esa tensión subterránea con la que avanza la obra. La misma que degrada las expectativas vitales de Pierre y describe el arco patético de esa madre empequeñecida que es Anne. Pero mentiría si no dijese que el efecto dramático es fascinante, pues Zeller convierte todo ese tramo final en la alucinación de un Pierre todavía empeñado en creer otra vida posible quién sabe si para Nicolas o para él mismo. ¿Es, entonces, una pieza sobre el fracaso del padre? Más bien, sobre el fracaso de la comunicación y lo que ello implica: cómo se extiende al relato, a los afectos y erosiona hasta el vínculo emocional más sólido. Leer El hijo resulta un tanto debilitante, pues nos muestra esa mecanismo perfectamente engrasado por el que los personajes tejen su propia telaraña, se enredan a través de sus palabras y, lo que es peor, acaban por olvidar cómo decir sus emociones porque, tal vez, desconocen dónde se encuentran.

Aunque subtitulada como farsa trágica, El padre es, tal vez, la menos trágica de las tres piezas. Aquí voy a recuperar una imagen del párrafo anterior: la de la figura de autoridad empequeñecida. André, la figura central del texto, es un hombre enfermo de 80 años. Su memoria se desvanece casi a la misma velocidad con la que trata de mantener a flote retazos de su vida, de lo que fue y lo que ha acabado siendo, ante la mirada de una hija que no sabe qué puede hacer para acompañarle en su deterioro. A Zeller se le puede reprochar un trabajo bastante efectista de la enfermedad, que nunca es causa sino cosa. Son más las ocasiones en las que vemos el efecto y se nos hurta el drama. Con todo, esto último me parece un detalle interesante que, de nuevo en clave de sátira, cuestiona hasta qué punto ciertas clases sociales son o no conscientes de lo que para cualquiera significa una enfermedad, o el deterioro de una figura antaño importante o la reestructuración de una imagen familiar. Sin embargo, el dramaturgo nunca renuncia a jugar con todo ello de manera directa, acumulando golpes sobre sus personajes, extraviándolos en el texto entre momentos de pérdida e instantes de lucidez. Pero qué hermosa, pese a todo, es su manera de exponer al padre. De desnudarlo. De convertirlo en algo voluble, menor y débil. Como eso que se puede intuir en los últimos momentos de su vida, cuando la humanidad queda extrañamente por encima de cualquier vínculo, y ya no es tanto a tu padre a quien ves como a algo que comienza a desdibujarse, a desaparecer y a dejarte en ese punto en el que se pierden las palabras. Otra vez: sin relato.

Quizá por ello me gusta tanto esa última escena en la que André, definitivamente ausente, vuelve a convertirse en hijo para recordar a su madre, al nombre que le puso, ese abrumador sentimiento de hogar que la obra, en ningún momento, ha mostrado con idéntica potencia dramática. Aquí Zeller explica a la perfección lo que en el texto ha sido un problema de magnitud: la dificultad de abarcar esa palabra tan grande, Padre, y cómo su protagonista acaba empequeñecido, como un niño perdido, sin poder encontrar de nuevo su hogar. Sus recuerdos. Sus palabras. Y es bello porque hay algo auténtico que late entre tanta farsa, entre esa aproximación un tanto vulgar a la enfermedad y la crítica directa a la burguesía. Porque nos coloca frente a ese vacío, o a ese remolino, que succiona hasta el último asidero dejándonos a merced de unas sensaciones que no sabemos decir. Hay miedo, hay un abrumador sentimiento de tristeza, esa extraña ternura con la que el anciano vuelve a convertirse en niño. En un niño perdido. Todo es, por primera vez en el texto, humano. Y eso, en verdad, es lo aterrador.

Con La madre, subtitulada como farsa negra, Zeller traza un camino intermedio entre sus otras dos piezas. Aquí el tono es fantasmagórico; la figura de estilo, la repetición. Anne (quién sabe si es otra o, quizá, la misma Anne del resto de sus obras) ha alcanzado ese instante en la vida en el que es lo suficientemente consciente de que ya no es el sostén emocional de su familia. Pero, en lugar de continuar y averiguar su nuevo estatus en la organización familiar, Zeller la convierte en una especie de muñeca autómata que repite, una y otra vez, las mismas escenas a modo de retrato en descomposición.

No hay que llevarse a error, La madre es la más abiertamente cómica de sus piezas, pero también la que posee una escritura más fina e inteligente, pues en todo momento alterna un tono de broma con una reflexión mayor sobre la falta de sustancia de nuestros vínculos emocionales. Frente a la mirada apática de Pierre (el marido), la reivindicación de Anne no pasa por reclamar que todo vuelva a su imagen original, sino que sea igual de legítimo echar por tierra esa imagen, emborronar el trazo limpio con el que se escribe cada uno de sus personajes, torpedear las buenas maneras con las que se expresan e incomodar a quienes solamente verán una crítica a la veleidosa burguesía parisina. Aquí la repetición interrumpe el ritmo y lo acelera, según el momento, expone y destruye, muestra y observa. Pone a Anne por encima del resto, aumentando su escala hasta convertirla en un monstruo. Tal vez, porque es la única capaz de expresar su malestar frente a un paisaje familiar que navega entre la estupefacción y la nada. Que no reclama cambios porque, en el fondo, nunca ha dejado de vivir cómodamente.

Florian Zeller es un narrador astuto y un observador vigoroso de la naturaleza humana. Construye dispositivos eficaces para desmantelar el estado de bienestar de sus protagonistas al mismo tiempo que nos pregunta por esa ansiedad, cada vez más patente, ante lo que no deja de ser una falta de expresión, de palabras, de relato. En su teatro hay fantasmas y alucinaciones, a veces desborda la emoción y en otras se cuela la gelidez con la que describe las dinámicas familiares. Sus textos siempre parecen girar alrededor de unos mismos temas, de los mismos nombres, pero es curioso cómo su lectura describe una ambición diferente: no hurgar en la causas, buscar la palabra dramática; no desmantelar las estructuras familiares, reflexionar sobre la magnitud que les concedemos en el esquema de nuestras vidas. No hablar del padre, de la madre o del hijo, sino proyectar sus ansiedades ante esa sensación de debilidad y dependencia, cuando no sabemos cómo hacerle frente a las cosas porque no hemos reunido las palabras suficientes como para sentir de otro modo el peso abrumador de la vida. Esa humanidad que, en forma de tragedia o de farsa, forma parte de su trabajo teatral.

Por Oscar Brox | jun 01, 2026

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