LA LUCIDEZ DE UN DANDI
(Tras el rastro de Gregor Rezzori)

“Siempre es posible encontraruna explicación para el propio fracaso,
y todas son legítimas”
A juzgar por su “verdadera biografía” (Tras mi rastro, De Conatus, 2026) puede decirse que Gregor von Rezzori nació en el antiguo “Imperio de Kakania”, en un pueblo de la actual Rumanía, hijo de un alto funcionario del Imperio Austro-húngaro, el 13 de mayo de 1914, concretamente en Czernowitz, excapital de la Bucovina, pero fue un europeo “a machamartillo” igual que Menéndez Pelayo fue católico, indiferente Rezzori a lo sagrado pero europeo hasta las trancas, de la estirpe humanista y antisectaria de Thomas Mann o de Stefan Zweig. En el siglo de los horrores que contempló de cerca y cuyas más atroces miserias bélicas esquivó con suerte y gracia, no se hace ilusiones respecto a la condición de “nuestra aberrante especie de primates”, raza que parece hacer todo cuanto puede por destruir el planeta, gentuza humana que tiembla bajo la amenaza de sus mismos inventos…, ¡menos mal que la acidez de su sátira es templada por el humor casi hilarante de su cínica ironía! No es misántropo, pero sabe que somos “la criatura dudosa de la creación”. Animal ambiguo.
Más que intelectual, Rezzori fue un dandi metido a literato por azar y necesidad, pero también gracias a su indudable talento de narrador y a su formidable bagaje de gran lector y hombre de mundo, pues fue un “caballero” (también en el sentido literal, propietario de un caballo) aficionado a la caza, refinado, de exquisitos modales, amigo de damas hospitalarias, codiciado por “enjambres de homosexuales” y conquistado por mujeres de variados méritos éticos y estéticos. Convivió con casadas adulterinas, con aristócratas, con una top model usamericana, una pianista rusa, una católica militante, una galerista, una actriz alemana…, de todas estuvo dispuesto a aprender y engendró hijos en dos (que se sepa), dentro y fuera del matrimonio.
Lo que hace interesante su perspectiva es precisamente que sus categorías del bien y del mal no se atienen a banderismos nazionalistas (sic) ni a visiones políticas o ideológicas del mundo. Aunque siente el alemán como cultura familiar y escribe en este idioma, fue nómada impenitente que acabó poniendo el huevo o, mejor dicho, sentando sus reales en un aparte de la Toscana. Se define a sí mismo como “colérico melancólico” que aprendió a ganarse la vida con la pluma casi por casualidad. Educado para el señorío, aprendió a tomarse a sí mismo a la ligera como hacen los ángeles para poder levitar, consciente de que nos mueven fatalmente fuerzas externas cuyo origen e intención última desconocemos. Son las Nonas o hilanderas nórdicas que mueven entre murmullos incomprensibles nuestro destino. Y “no se haga usted ilusiones sobre el vacío que deja atrás”; ¡todos somos prescindibles!
Cabe mucha nostalgia en las páginas de estas trepidantes memorias que recuerdan la digna reticencia del Gatopardo siciliano o el ambiente umbroso y húmedo de una Venecia anterior a la epidemia del turismo, triste urbe hundiéndose lentamente en el océano insondable del tiempo bajo los compases del adaggietto de la quinta de Malher. Hubiera podido ser un personaje de Visconti. Rezzori deplora en su corazón “el final de nuestra gloriosa Austria” y el crepúsculo de la “alta cultura” de la “gente elegante”, barrida de la historia por el pequeño-burgués adocenado y consumista, americanizado y kitsch. Hace bien en distinguir cultura de civilización y en deplorar la ruina inevitable del buen gusto tras la desastrosa Guerra Civil europea, porque ya los jóvenes saben mucho más de fútbol, de analgésicos o de comida basura, que de Goethe, Shakespeare, Rabelais o Cervantes.
Es increíble que con ochenta y tantos años cumplidos este superviviente no haya perdido un ápice de su encantadora y distanciada ironía para contar cómo escogió de joven la liebre de Durero como blasón y amparo bajo un estilo de vida de impronta inglesa (de la “pérfida Albión”), un lifestyle internacional propio de gente bien. Nada que ver con la nueva estética chabacana y pequeño-burguesa que se ha impuesto tras el suicidio de Alemania, esa estética determinada por el ansia de la masa y la publicidad de los Mass Media. Si cualquier novela es un espejo de su tiempo, estas memorias biográficas de Rezzori tienen mucho de novela histórica, como cuando cuenta la llegada de Hitler a Viena o la situación de Berlín bajo los bombarderos aliados. Idiosincrasia germana: mientras caen bombas en racimos en la plaza fuerte del nazismo sigue funcionando sin mácula la oficina de Correos.
Por su condición accidental –y providencial– de nacional rumano, Rezzori, manifestamente pacifista, pudo escaquearse de las más vastas miserias de la Segunda Gran Guerra. Mientras Berlín se hundía en la ruina y en la mentira, Rezzori cabalgaba en el Tiergarten, comía en el Peltzer y bailaba en el Jockey con jóvenes aristócratas al compás de canciones populares germanizadas, lo cual no le impedía odiar el fanatismo en general y al caudillo nazionalsocialista (sic) en particular. Se siente culpable por sus privilegios, pero conserva su desfachatez amable y un gran sentido del humor. La risa –repite– ahuyenta a los diablos y estimula el afecto recíproco. Ejemplo de versatilidad y adaptación, del que sabe darse por satisfecho en cualquier situación, entre estoico y epicúreo…, del que sabe echar raíces en cualquier parte, cabaña o palacio, manteniéndose siempre distanciado como el olímpico espectador de Pitágoras…, es también modelo del que puede cortar tales raíces a su antojo. Cuando consigue hacer algo de dinero con sus tempranas publicaciones, decide dedicarlo a la mejor causa del mundo: ¡a él mismo! Por eso parte en viaje educativo por Inglaterra, Francia e Italia (la de Mussolini).
No faltan en esta biografía sabrosas y amenas anécdotas, como cuando soñando en los años veinte con una “Antrópolis” ideal, fabricada con retazos de la mítica Nueva York de las revistas ilustradas, con la intención de oír jazz pregunta a su padre (librepensador) si no piensa agenciarse una radio, y su progenitor le responde: “¿No sabes ya bastante acerca del mundo cuando de noche, en el bosque, oyes aullar a los lobos?”.
Ofrece un buen testimonio para aquellos que quieren explicarse de qué fango, de qué pestilencia común como el odio de clase contra los judíos disfrazado de nazionalismo (sic), surgió la irresistible ascensión de Arturo Ui (por decirlo en Brecht), es decir, de qué larva emergió el monstruo y farsa del tercer Reich: Rezzori explica cómo “la situación intelectual general para ello la propició la Liga de Escuelas Alemanas”, “también los rojos austriacos miraban furtivamente, por encima de la barrera fronteriza a sus rojos hermanos alemanes”.
Rezzori tenía talento para la decoración de escaparates y para el dibujo y diseño de carteles. Fue amigo de Georg Gross, de Brigitte Bardot, de Louis Malle, y de otros muchos personajes influyentes de la época, pero también se forjó enemigos, como un tal Sombart que le hizo pupa pública mencionándolo junto a sus medio-paisanos Paul Celan y Emil Cioran (ambos nacidos en Czernowitz, es decir “con la marca de Caín del este europeo”) para desacreditarlos como advenedizos, oportunistas, tramposos, bebedores y puteros… Rezzori se defiende y recuerda con cariño su ciudad natal porque lejos de haber sido una ciudad bárbara fue un “baluarte de Occidente frente a los herederos rusos de Bizancio y el Imperio otomano”. Desmiente además que Ciorán naciera en Czernowitz (ciudad multiétnica y multicultural), pues era transilvano como Drácula. Cita además a otros “rumanos” de general valor europeo: Tzara, Ionesco, Brancusi (podría haber añadido a nuestro querido Vintila Horia) y elogia la belleza crepuscular de los poemas de Celan.
Rezzori aclara la intención de este libro que cualquier lector interesado por la cultura europea devorará con gusto y provecho:
“Me he propuesto, siguiendo el hilo de mi historia vital, mostrar cómo los cambios de época determinaron no sólo actitudes vitales, sino también la propia vida”.
“La Guerra Civil Europea de los Treinta años fue una guerra de clases que entre 1914 y 1945 se libró erróneamente entre diversas naciones –no dejó en pie nada de lo que hasta entonces había existido en términos de instituciones tradicionales, valores, opiniones, actitudes y gestos.”
Luego vinieron los años de la Guerra fría (1945-1989), última parte de la lucha de clases…
“Ahora por fin sabemos ya quien ha sido el vencedor. Y no es, como tanto se ha temido o deseado, el proletariado unido de todas las naciones, sino ese otro arquetipo en eterna pugna con sus congéneres, siempre ofendido, siempre envidioso, siempre queriendo imponerse o ser más listo que su vecino: el pequeño burgués. A él pertenece el mundo.”
El antisemitismo fue en efecto un rasgo distintivo del filisteísmo pequeño-burgués. Rezzori describe el formidable papel de los judíos en la Viena de los años treinta. Tras la “noche de Walpurgis” de la Anschluss (marzo de 1938), con los judíos desapareció también la gente elegante. Las utopías se habían convertido en ideologías y en programas sectarios, la tecnología en doctrina de salvación que daba con una mano lo que quitaba con la otra. Con Hitler…
“la época estaba abocada a un tipo de humanidad que ya no veía valor alguno en la calidad, la individualidad, la tolerancia y el cosmopolitismo. Sus ideales eran la uniformidad, lo colectivo, la igualdad. Su ideal estético eran aquellas coreografías de jóvenes militantes en las plazas dedicadas a marchas multitudinarias. Los judíos habían pecado contra eso.”
Pero tampoco salió Rezzori muy contento de los juicios de Núremberg. Admite que sirvieron para poner al descubierto el horror monstruoso del asesinato organizado a escala industrial, en serie, cual fábrica de exterminio bajo mando de gentes que rendían a sus superiores una obediencia ciega, verdugos sin cargos de conciencia, lo cual muestra el daltonismo anímico y moral propio de quien sufre un marcado instinto de rebaño que le fuerza al conformismo absoluto en el pensar y sentir de la mayoría… No obstante, añade: “la bota en la nuca del Mal vencido no hace bueno al vencedor”.
Aquellos estropicios inhumanos que, prevenidos, debemos recordar con estremecimiento y asco, despiertan con razón el odio del moralista, por mucho que este conserve la alegría o impregne su misantropía de bueno humor. Después de aquella catástrofe cósmica, en todo el mundo ha triunfado el hombre pequeño. Ya no existe “una sociedad mejor”, allá en nombre de la liberación del proletariado, acá en nombre del consumismo desenfrenado y el americanismo de segunda mano (marcha triunfal de saxofones y banjos), ese ethos americano que hace del éxito profesional una obligación…
En fin, “un caballero sigue las modas con reservas”. A la hipocresía pequeño-burguesa que describe con dureza, Rezzori opone un sentido de la realidad bien temperado, sobrio hasta el cinismo y libre de escrúpulos sensibleros, un escepticismo consumado, ya que carece “del estremecimiento interior que genera la fe”. Esto no le impide “destilar material anecdótico y adornar la realidad, en lugar de inventarla”. La tesis metafísica que repite a lo largo de su rastro vital es que el acontecer acontece con nosotros y por encima de nosotros o que “otra cosa nos vive”. De este modo matiza su fatalismo, consciente de los incontables prejuicios que uno arrastra sin saberlo, esa “inercia irreflexiva”. “Bienaventurados sean los pobres de espíritu que no tienen esto en cuenta y se creen con el poder para determinar el acontecer”.
Sin ser rico, Rezzori se movió en los mejores círculos en que brillaban intelectuales judíos, en los que pudo conocer a Jeanne Moreau, Marcello Mastroianni y a Herbert von Karajan antes de que el músico alcanzase fama internacional. Cree que, al contrario que otras cualidades aprendidas, el gusto puede seguir perfeccionándose durante toda la vida. En esto estamos de acuerdo. Leer a Rezzori nos permite poner en práctica esta aseveración. Así que me he hecho con los cuentos (las Historias de Magrebinia) que le dieron fama de ser una especie de Till Eulenspiegel resucitado, esa figura emblemática de la picaresca alemana medieval cuyo escudo era un búho (Eule) y su cetro un espejo (Spiegel), bufón y burlador de sus contemporáneos, cuya yegua de sátira maliciosa trota alegre por prados y ferias, refrenada por las riendas de elegante ironía de su caballero galante.
José Biedma López, 8 de mayo 2026.
Cerros de Úbeda (Santo Reino)